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http://www.jornada.unam.mx/ultimas/...turas-del-pacto-por-mexico-victor-flores-olea
Víctor Flores Olea
Publicado: 27/05/2013 10:27
Hay numerosas personas sosteniendo que el Pacto por México es la cumbre política de Enrique Peña Nieto. Pudiera ser, porque significa una fuerte consolidación de su poder, en lo personal y también institucionalmente del Poder Ejecutivo. No hay duda que variedad de iniciativas nacionales del Presidente tendrán un casi automático respaldo de los otros partidos del
Pacto, de las respectivas bancadas del legislativo.
Otros, sin embargo, en buen número, aun reconociendo los méritos de la hazaña, subrayan que el Pacto significa un claro debilitamiento (¡aun más!) de la democracia en México. Y es que, en definitiva, la “línea” principal de los partidos de la oposición queda sometida a las decisiones de la cabeza del Pacto, del Presidente de la República. Y tal cosa, como es fácil ver, disminuye dramáticamente la fuerza de las oposiciones y el significado mismo de la oposición política, que reduce su capacidad y vocación para disentir de las decisiones del Jefe del Pacto (del Estado) e incluso para negar la oportunidad y sustancia de las decisiones del líder. Es decir, por su participación en el Pacto tanto el PRD como el PAN han dejado de lado en buena medida su crítica de las decisiones e iniciativas del Ejecutivo, abandonando algunos de los atributos claves de la vida democrática, en la cual, querámoslo no, juegan papel clave los partidos políticos.
Volviendo a leer los noventa y pico compromisos del Pacto por México, no es difícil percibir que su orientación programática, en conjunto, se define como pocas veces antes, en la perspectiva del PRI, como de centro izquierda.
Este hecho justifica de alguna manera, relativamente, que el PRD se haya sumado al Pacto. Salvo, por supuesto, en algunos compromisos que resultan absolutamente indigeribles para la izquierda (por ejemplo, la anunciada privatización de Pemex, que por más vueltas que se le quieran dar resulta negación tajante del artículo 27 constitucional), que es uno de los ingredientes esenciales de nuestra Carta Magna y no sólo de ella sino eje central del movimiento revolucionario de 1910.
Algunos dirán que si es de esta manera deberá apoyarse la privatización del petróleo, porque juzgan que en diversos sentidos el movimiento revolucionario mexicano está ya superado y debe irse al museo de los objetos inservibles, y que después de cien años bien cumplidos habría que buscar otros principios y prácticas para realmente ser “modernos”, lo cual resulta una aberración porque en definitiva la única “modernidad” que a la que hoy se alude es la del neoliberalismo, ni siquiera la del keynesianismo que en diversos sentidos podría decirse que tenía afinidades con algunos de los principios revolucionarios, recordando, en términos generales, la consolidación de un “Estado benefactor”, pudiendo añadirse en el caso mexicano, al menos como aspiración, el levantamiento de un “Estado popular y realmente democrático”.
¿Y el neoliberalismo? Esta “modernidad” se coloca realmente en las antípodas de la tradición revolucionaria, nacionalista y de izquierda en México, lo cual conocemos muy bien después de los “tiraderos” increíbles, en todos sentidos, que dejaron en el país doce años de panismo de la más baja ralea.
Pero volviendo al Pacto por México subrayamos que resulta un indudable éxito político personal de Enrique Peña Nieto, aunque no es tan seguro que signifique a la larga un beneficio para la República y mucho menos que sea una real contribución al desarrollo de la democracia en México. Para Peña Nieto es el afianzamiento de su liderazgo, para la República en cambio tiene el inevitable significado de otorgarle al poder un inescapable gusto autoritario.
Esta es el hecho inevitable que deberá enfrentar Peña Nieto: pasar a la historia como un mandatario habilidoso y sin duda con poder, o trascender como un hombre de Estado lo cual está muy lejos de lograrlo con el simple Pacto, lleno de trampas negativas.
¿De qué manera hacerlo? Por un lado, dentro del Pacto y sin rasgarse las vestiduras permitir e inclusive alentar la expresión de las voces disidentes, que ni de lejos coinciden en todos los casos con sus directivas formales en los partidos, ahora adheridos al Pacto. Por supuesto, no evadir sino animar también a los mexicanos no vinculados formalmente a algunos de los partidos políticos adheridos al Pacto, que constituyen multitud, y entre los cuales encontrará Peña Nieto a los más enérgicos opositores a ciertas medidas privatizadoras, desnacionalizadoras o claramente neoliberales que también se encuentran dentro del Pacto.
También deberá proporcionarles satisfacción porque también allí hay posiciones no sólo “razonables” sino nacionales y progresistas que simplemente no se pueden echar por la borda. Nadie dijo nunca que resultaba tarea sencilla la de ejercer la Presidencia de la República, y ahora lo debe saber en plenitud Peña Nieto, con una indicación que debemos reiterar: la necesidad de escuchar a todos, si de verdad se quiere representar y encabezar un país diversificado y democrático, porque la “razón” está en muchos lugares de la sociedad, incluso en los más ocultos o aparentemente adversos a los propios puntos de vista, y deben rescatarse porque en esa tarea se encontrarán verdaderas “perlas”.
En tal disciplina de escuchar y atender pasarán inevitablemente la mayor parte del tiempo los altos funcionarios de la República y con mayor razón el Presidente. Tal cosa ha faltado hasta ahora al presidente que ha lanzado ya reformas importantes sin las suficientes consultas entre los afectados, levantando de inmediato oposiciones que tal vez se hubieran evitado escuchando la sustancia de los argumentos opuestos. Como por ejemplo la reforma educativa, que ha procurado imponerse verticalmente y sin atender suficientemente a las necesidades particulares, regionales y locales de los afectados.
Bien, se postula la reforma de los energéticos, pero ojalá sea ocasión de un amplio debate entre los interesados más diversos. De otra manera, se encontrará Peña con un fiasco de grandes proporciones. En todo caso Convencer y Convencer, lo que no ha ocurrido con la idea de esa privatización.
Víctor Flores Olea
Publicado: 27/05/2013 10:27
Hay numerosas personas sosteniendo que el Pacto por México es la cumbre política de Enrique Peña Nieto. Pudiera ser, porque significa una fuerte consolidación de su poder, en lo personal y también institucionalmente del Poder Ejecutivo. No hay duda que variedad de iniciativas nacionales del Presidente tendrán un casi automático respaldo de los otros partidos del
Pacto, de las respectivas bancadas del legislativo.
Otros, sin embargo, en buen número, aun reconociendo los méritos de la hazaña, subrayan que el Pacto significa un claro debilitamiento (¡aun más!) de la democracia en México. Y es que, en definitiva, la “línea” principal de los partidos de la oposición queda sometida a las decisiones de la cabeza del Pacto, del Presidente de la República. Y tal cosa, como es fácil ver, disminuye dramáticamente la fuerza de las oposiciones y el significado mismo de la oposición política, que reduce su capacidad y vocación para disentir de las decisiones del Jefe del Pacto (del Estado) e incluso para negar la oportunidad y sustancia de las decisiones del líder. Es decir, por su participación en el Pacto tanto el PRD como el PAN han dejado de lado en buena medida su crítica de las decisiones e iniciativas del Ejecutivo, abandonando algunos de los atributos claves de la vida democrática, en la cual, querámoslo no, juegan papel clave los partidos políticos.
Volviendo a leer los noventa y pico compromisos del Pacto por México, no es difícil percibir que su orientación programática, en conjunto, se define como pocas veces antes, en la perspectiva del PRI, como de centro izquierda.
Este hecho justifica de alguna manera, relativamente, que el PRD se haya sumado al Pacto. Salvo, por supuesto, en algunos compromisos que resultan absolutamente indigeribles para la izquierda (por ejemplo, la anunciada privatización de Pemex, que por más vueltas que se le quieran dar resulta negación tajante del artículo 27 constitucional), que es uno de los ingredientes esenciales de nuestra Carta Magna y no sólo de ella sino eje central del movimiento revolucionario de 1910.
Algunos dirán que si es de esta manera deberá apoyarse la privatización del petróleo, porque juzgan que en diversos sentidos el movimiento revolucionario mexicano está ya superado y debe irse al museo de los objetos inservibles, y que después de cien años bien cumplidos habría que buscar otros principios y prácticas para realmente ser “modernos”, lo cual resulta una aberración porque en definitiva la única “modernidad” que a la que hoy se alude es la del neoliberalismo, ni siquiera la del keynesianismo que en diversos sentidos podría decirse que tenía afinidades con algunos de los principios revolucionarios, recordando, en términos generales, la consolidación de un “Estado benefactor”, pudiendo añadirse en el caso mexicano, al menos como aspiración, el levantamiento de un “Estado popular y realmente democrático”.
¿Y el neoliberalismo? Esta “modernidad” se coloca realmente en las antípodas de la tradición revolucionaria, nacionalista y de izquierda en México, lo cual conocemos muy bien después de los “tiraderos” increíbles, en todos sentidos, que dejaron en el país doce años de panismo de la más baja ralea.
Pero volviendo al Pacto por México subrayamos que resulta un indudable éxito político personal de Enrique Peña Nieto, aunque no es tan seguro que signifique a la larga un beneficio para la República y mucho menos que sea una real contribución al desarrollo de la democracia en México. Para Peña Nieto es el afianzamiento de su liderazgo, para la República en cambio tiene el inevitable significado de otorgarle al poder un inescapable gusto autoritario.
Esta es el hecho inevitable que deberá enfrentar Peña Nieto: pasar a la historia como un mandatario habilidoso y sin duda con poder, o trascender como un hombre de Estado lo cual está muy lejos de lograrlo con el simple Pacto, lleno de trampas negativas.
¿De qué manera hacerlo? Por un lado, dentro del Pacto y sin rasgarse las vestiduras permitir e inclusive alentar la expresión de las voces disidentes, que ni de lejos coinciden en todos los casos con sus directivas formales en los partidos, ahora adheridos al Pacto. Por supuesto, no evadir sino animar también a los mexicanos no vinculados formalmente a algunos de los partidos políticos adheridos al Pacto, que constituyen multitud, y entre los cuales encontrará Peña Nieto a los más enérgicos opositores a ciertas medidas privatizadoras, desnacionalizadoras o claramente neoliberales que también se encuentran dentro del Pacto.
También deberá proporcionarles satisfacción porque también allí hay posiciones no sólo “razonables” sino nacionales y progresistas que simplemente no se pueden echar por la borda. Nadie dijo nunca que resultaba tarea sencilla la de ejercer la Presidencia de la República, y ahora lo debe saber en plenitud Peña Nieto, con una indicación que debemos reiterar: la necesidad de escuchar a todos, si de verdad se quiere representar y encabezar un país diversificado y democrático, porque la “razón” está en muchos lugares de la sociedad, incluso en los más ocultos o aparentemente adversos a los propios puntos de vista, y deben rescatarse porque en esa tarea se encontrarán verdaderas “perlas”.
En tal disciplina de escuchar y atender pasarán inevitablemente la mayor parte del tiempo los altos funcionarios de la República y con mayor razón el Presidente. Tal cosa ha faltado hasta ahora al presidente que ha lanzado ya reformas importantes sin las suficientes consultas entre los afectados, levantando de inmediato oposiciones que tal vez se hubieran evitado escuchando la sustancia de los argumentos opuestos. Como por ejemplo la reforma educativa, que ha procurado imponerse verticalmente y sin atender suficientemente a las necesidades particulares, regionales y locales de los afectados.
Bien, se postula la reforma de los energéticos, pero ojalá sea ocasión de un amplio debate entre los interesados más diversos. De otra manera, se encontrará Peña con un fiasco de grandes proporciones. En todo caso Convencer y Convencer, lo que no ha ocurrido con la idea de esa privatización.