frafraa
Bovino maduro
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Les comparto este artículo, que apareció primero el la revista Filos MX
Ni siquiera le dije dictador a Muamar Gadafi. Aunque es cierto que gobernó como tal, como asesino, la expansión económica de Libia (aunado a otras políticas, como el fomentar las condiciones para la igualdad de género o gozar tanto de la esperanza de vida como del Índice de Desarrollo Humano más altos de África Continental,) me hace esperar el juicio de la historia.
Otro caso es el de Kim Jong-Il, quien murió el sábado pasado tras una vida llena de megalomanía. Su régimen presumía que su “querido líder” poseía habilidades y logros tan extravagantes como inverosímiles (entre otros): inventó la hamburguesa, logró un hoyo en uno la primera vez que jugó al golf, controlaba el clima… por último la propaganda asegura que el comandante no orinaba ni defecaba.
Según Sue Lloyd Roberts y Michael Bristow, periodistas de la BBC que estuvieron en la capital Pyongyang, los norcoreanos no tienen acceso a internet y no están al tanto del mundo exterior, a excepción de lo que le conviene al régimen: los únicos otros líderes mundiales que conocen (y admiran) son Mao y Stalin; la televisión y el resto de los medios están controlados por el Estado; ni siquiera la comunidad científica tiene acceso a colegas de otros países. Los niños miden entre 7 y 10 centímetros menos que un chamaco sudcoreano de la misma edad.
Un tercio de la economía norcoreana se va a mantener al cuarto ejército más numeroso del mundo: 1.1 millones de soldados en activo y 4.7 en reserva. Es por eso que los jóvenes de Corea del Sur tienen la obligación de acreditar dos años de servicio militar (presencial) para resguardar la frontera con el norte. Aun así, esta economía es bastante endeble: su PIB per cápita es de 1,118 USD, mientras que el de México es de más de 15 mil dólares y el de Corea del Sur de casi 30 mil dólares estadounidenses: 26 veces es la diferencia.
Nicholas Kristof cuenta, en el NY Times, que el control de la población que tenía el Comandante Supremo del Ejército Nacional de Corea (del norte), era total: en las casas hay una bocina que escupe diariamente propaganda: la población se despierta todos los días escuchándola; de ella salían historia de cómo un hombre podía explotar si comía demasiado, con lo que evitaba que existiera descontento por las escasas raciones de comida a las que estaban sujetos. En mi opinión: apenas podría haber descontentos, pero nunca manifestaciones de ello.
Algunos historiadores denominaron a esta la Era de la Libertad. No sé si por la pretensión estadounidense de ponerle la palabra ‘libertad’ a todo (incluso le cambiaron el nombre a las papas a la francesa por patatas libertad cuando se enojaron con los galos), pero tiene razón en un ángulo: esta es la era de la libertad. No porque la hayamos alcanzado, sino porque nos ha conquistado el deseo de vivir de ella.
Si preguntan por qué no se desató una revolución, no es porque el régimen haya inspirado tanto miedo a la represión que los inconformes se quedaron callados, sino porque el gobierno había restringido las comidas a dos diarias y había limitado el contacto del país con el mundo, por lo que las ideas de sedición que recorren el mundo como fantasma, nunca pudieron entrar.
El nuevo líder tiene, a pocos días de ostentar el poder, tres diferencias respecto a su padre y su abuelo: su educación (recibida en Suiza), su edad (28) y el haber aceptado compartir la toma de decisiones con miembros más experimentados del gobierno. Kim Jong Un (el tercer hijo de Kim Jong Il) tiene el respaldo de China y Estados Unidos se comprometió a vigilar la “estabilidad” del país. Lo que eso signifique.
Kristof advierte que es ingenuo pensar en el fin del régimen, ya que ha soportado hambrunas y pobreza como ningún otro en el mundo. Yo creo que si la Revolución de los Jazmines aspira a tener el mismo significado que tuvo la Revolución Rusa en el siglo pasado, entonces deberá alcanzar a tocar Pyongyang.
Ni siquiera le dije dictador a Muamar Gadafi. Aunque es cierto que gobernó como tal, como asesino, la expansión económica de Libia (aunado a otras políticas, como el fomentar las condiciones para la igualdad de género o gozar tanto de la esperanza de vida como del Índice de Desarrollo Humano más altos de África Continental,) me hace esperar el juicio de la historia.
Otro caso es el de Kim Jong-Il, quien murió el sábado pasado tras una vida llena de megalomanía. Su régimen presumía que su “querido líder” poseía habilidades y logros tan extravagantes como inverosímiles (entre otros): inventó la hamburguesa, logró un hoyo en uno la primera vez que jugó al golf, controlaba el clima… por último la propaganda asegura que el comandante no orinaba ni defecaba.
Según Sue Lloyd Roberts y Michael Bristow, periodistas de la BBC que estuvieron en la capital Pyongyang, los norcoreanos no tienen acceso a internet y no están al tanto del mundo exterior, a excepción de lo que le conviene al régimen: los únicos otros líderes mundiales que conocen (y admiran) son Mao y Stalin; la televisión y el resto de los medios están controlados por el Estado; ni siquiera la comunidad científica tiene acceso a colegas de otros países. Los niños miden entre 7 y 10 centímetros menos que un chamaco sudcoreano de la misma edad.
Un tercio de la economía norcoreana se va a mantener al cuarto ejército más numeroso del mundo: 1.1 millones de soldados en activo y 4.7 en reserva. Es por eso que los jóvenes de Corea del Sur tienen la obligación de acreditar dos años de servicio militar (presencial) para resguardar la frontera con el norte. Aun así, esta economía es bastante endeble: su PIB per cápita es de 1,118 USD, mientras que el de México es de más de 15 mil dólares y el de Corea del Sur de casi 30 mil dólares estadounidenses: 26 veces es la diferencia.
Nicholas Kristof cuenta, en el NY Times, que el control de la población que tenía el Comandante Supremo del Ejército Nacional de Corea (del norte), era total: en las casas hay una bocina que escupe diariamente propaganda: la población se despierta todos los días escuchándola; de ella salían historia de cómo un hombre podía explotar si comía demasiado, con lo que evitaba que existiera descontento por las escasas raciones de comida a las que estaban sujetos. En mi opinión: apenas podría haber descontentos, pero nunca manifestaciones de ello.
Algunos historiadores denominaron a esta la Era de la Libertad. No sé si por la pretensión estadounidense de ponerle la palabra ‘libertad’ a todo (incluso le cambiaron el nombre a las papas a la francesa por patatas libertad cuando se enojaron con los galos), pero tiene razón en un ángulo: esta es la era de la libertad. No porque la hayamos alcanzado, sino porque nos ha conquistado el deseo de vivir de ella.
Si preguntan por qué no se desató una revolución, no es porque el régimen haya inspirado tanto miedo a la represión que los inconformes se quedaron callados, sino porque el gobierno había restringido las comidas a dos diarias y había limitado el contacto del país con el mundo, por lo que las ideas de sedición que recorren el mundo como fantasma, nunca pudieron entrar.
El nuevo líder tiene, a pocos días de ostentar el poder, tres diferencias respecto a su padre y su abuelo: su educación (recibida en Suiza), su edad (28) y el haber aceptado compartir la toma de decisiones con miembros más experimentados del gobierno. Kim Jong Un (el tercer hijo de Kim Jong Il) tiene el respaldo de China y Estados Unidos se comprometió a vigilar la “estabilidad” del país. Lo que eso signifique.
Kristof advierte que es ingenuo pensar en el fin del régimen, ya que ha soportado hambrunas y pobreza como ningún otro en el mundo. Yo creo que si la Revolución de los Jazmines aspira a tener el mismo significado que tuvo la Revolución Rusa en el siglo pasado, entonces deberá alcanzar a tocar Pyongyang.