jarochilandio
Bovino de la familia
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Linaloe R. Flores
Octubre 30, 2017
México apareció en el Barómetro Global de la Corrupción como el país más corrupto de Latinoamérica justo en el momento en que se recupera de los destrozos de un sismo de 7.1 grados Richter.
Pero el Presidente Enrique Peña Nieto no lo admite. Dijo en el foro “Impulsando a México”: “A cualquier cosa que ocurra hoy en día, es por la corrupción. Casi, casi, si hay un choque aquí en la esquina: ‘ah, fue la corrupción’…”. Hace cinco años hablaba de otro modo. Incluso, en 2012, como Mandatario electo, escribió el ensayo “El comienzo del cambio” en el que decía cómo se proponía combatir a ese cáncer. Hablaba en ese entonces Peña Nieto de una comisión especializada y la fortificación de la Transparencia.
Desde la academia y algunas ONG, especialistas coinciden que durante el actual sexenio la enfermedad se expandió tanto que su cura es el gran desafío para el próximo Presidente de México; pero advierten que aunque ya no hay tiempo para dilaciones, restablecerse de los embates de la corrupción tomará generaciones.
I
LOS CAMBIOS DE UN PRESIDENTECiudad de México, 30 de octubre (SinEmbargo).- A las 21:00 horas, el Presidente apareció en cadena nacional. Llevaba dos meses y 27 días al frente del Gobierno mexicano. Le brindaría un breve mensaje a la Nación, pero el más importante de sus días en el Poder. Por la tarde, la Procuraduría General de la República (PGR) había detenido a Elba Esther Gordillo Morales, la dirigente nacional del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, la maestra mexicana con la vida más ostentosa, la mujer que volaba en avión privado de San Diego, California a la Ciudad de México, mientras portaba la marca Luis Vuittton.
Enrique Peña Nieto soltó: “Desde el inicio de mi Gobierno me comprometí a cumplir y hacer cumplir la Ley. Esa es la primera obligación que tengo como Presidente de la República. La Ley nos obliga a todos por igual y nadie puede estar por encima de ella. Ese es el principio básico del Estado de Derecho”.
Ahí estaba el flamante Jefe del Ejecutivo, el niño dorado del llamado Grupo Atlacomulco, el telegénico hombre que a golpe de imagen logró que su partido, el Revolucionario Institucional, regresara al poder presidencial.
Cuando Peña Nieto ganó la elección del 1 de julio de 2012, escribió en el diario Reforma un ensayo sobre el combate a la corrupción que tituló “El comienzo del cambio”. Expuso ahí su ambición para acabar con la corrupción. Lo primero era convocar a la sociedad, los partidos políticos y las organizaciones sociales a un diálogo. Tenía tres iniciativas: la creación de la Comisión Nacional Anticorrupción, la fortificación de la Transparencia en los tres niveles de Gobierno y la contratación de medios de comunicación con fines publicitarios, en todos los niveles de Gobierno.
Aún no era el que iba a ser pocos meses después. Un hombre de rostro desencajado, agobiado por una delgadez que suscitó sospechas de una enfermedad (y cuyo expediente fue puesto bajo reserva) y con una reprobación histórica. No era el Presidente que a la postre permitiría 12 millones 406 mil expedientes informativos con un candado hasta 2018 –una vez que él deje Los Pinos– ante el Instituto Nacional de Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI).
Esa noche estaba ahí el reformista. 24 horas antes había enviado al Congreso de la Unión la Reforma Educativa, un paquete de leyes en cuyo consenso ya no participó Elba Esther Gordillo. Las palabras presidenciales eran un guiño de esperanza para que se iniciara una investigación en contra de otros como Carlos Romero Deschamps, el dirigente del Sindicato de los Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM), quien no ocultaba su vida de derroche. O de Víctor Flores Morales, dirigente del Sindicato de la extinta empresa Ferrocarriles Nacionales cuyos fideicomisos destinados a los trabajadores se encontraban vacíos. O para que ninguno de los miembros de su Gabinete fuera vinculado con actos de corrupción. O para que ningún Gobernador fuera descubierto en el desvío de recursos. O para que él mismo concluyera de una manera pulcra el mandato.
Nada de ello ocurrió.
Tres años después, el mismo Presidente pedía perdón. No por los actos cometidos por otros; sino por él mismo. Ese año, el equipo de Aristegui Noticias había encontrado que Juan Armando Hinojosa Cantú, un contratista del Gobierno, le había dado un crédito con facilidades para adquirir una casa de 8.6 millones de dólares.
“En carne propia sentí la irritación de los mexicanos. La entiendo perfectamente. Por eso, con toda humildad, les pido perdón. Les reitero mi sincera y profunda disculpa por el agravio y la indignación que les causé”, dijo Peña Nieto y acto seguido promulgó las leyes que conforman el Sistema Nacional Anticorrupción que a la fecha no está listo.
Falta un año para que concluya su Gobierno. Peña Nieto asiste al foro Impulsando a México, organizado por el diario El Financiero. Sube la voz frente a la entrevistadora, Adela Micha. Dice: “A cualquier cosa que ocurra hoy en día, es por la corrupción. Casi, casi, si hay un choque aquí en la esquina: ‘ah, fue la corrupción, algo pasó en el semáforo, ¿quién compró el semáforo que no funcionaba?”.
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