DevIaNcE®
Bovino de la familia
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- 22 Jun 2007
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Sólo una vez antes he estado ahí, pero confieso que hoy, lunes, vuelvo con cierta saña. Quiero entender lo que sé que voy a ver. Un restaurante-bar en el que no dejan entrar mujeres. Sí, no es un lugar donde no hay mujeres en una suerte de “selección” no explícita. Éste es un lugar donde los meseros no le sirven a una mujer que pida servicio, sólo por ser mujer, y los comensales si sienten ser suficientes para echar montón, le chiflan y la abuchean hasta que se salga.
Le pido a un amigo que me acompañe. Entramos al bar “Del Bosque” en la esquina de Circuito Interior y 13 de septiembre. Sólo hay hombres comiendo y bebiendo. Hay trajes, corbatas, blackberrys, y mancuernillas. Los meseros todos son hombres. Veo a los comensales sonreír, bolearse los zapatos, alardear con una mano en alto. Los imagino funcionarios públicos, abogados, publicistas, periodistas, políticos o empresarios.
Ésta no es una cantina en un pueblo pequeño en donde lo que llaman “tradición” se explique por su aislamiento. Esta “tradición” en el corazón del DF parece sobrevivir con cierta arrogancia frente al cambio. Le insisto al mesero si pueden entrar mujeres, y me dice que no, que ni ahí (excepto los sábados) ni en otro bar que está al extremo de la calle: “El Mirador”. Intento entender: ¿por qué hay hombres que quieren ir a un lugar público en el que esté prohibido que haya mujeres? ¿Quiénes creen que pueden ser ahí que no pueden ser cuando existe la posibilidad de que haya una mujer, incluso en otra mesa? ¿Qué idea de masculinidad tienen? ¿La de ser “hombrecito” de Santiago Creel o la de quien promueve a Alonso Lujambio diciendo que “el tamaño sí importa”?
Vuelvo el martes, quiero confirmar lo que me dijo el mesero en la víspera. Me acompaña una amiga. Entramos al bar. Sólo hay dos mesas ocupadas con cinco personas cada una. Nos ven con sorpresa pero con una cara que parece decir: “¿nadie les explicó a estos dos?”. Los meseros nos rodean y nos dicen: “la señorita tiene que salir”. Muy amables la invitan a pasar a un privado -contiguo a la cantina-, en donde “también puede jugar dominó”, o al restaurante que es parte del mismo negocio en donde con gusto la atenderán. Ella se resiste. Pregunta a los meseros por qué no le pueden servir en el salón principal de la cantina como a los demás. Sin dejar de sonreír, sin dar un paso atrás y con una mano que indica el pasillo para pasar al privado y al restaurante le insisten: “por tradición”. Pasamos al restaurante. Los meseros y el capitán nos ven con desconfianza.
La pregunta que me hace mi amiga resulta casi evidente:¿cómo reaccionaría la ciudad a un “lo sentimos, por tradición aquí no servimos a personas con X color de piel”? Al ofrecer servicio en un espacio contiguo, ¿están dándole la vuelta a la ley con el truco que durante décadas dividió al sur estadounidense “iguales, aunque separados”? ¿Por qué este lugar es impune al discriminar de manera tan explícita? Al salir alcanzamos a ver un diploma que otorgó al lugar el Secretario de Turismo del GDF, Alejandro Rojas, por la calidad de su servicio.
El miércoles, quiero conocer a la competencia de “Del Bosque”. Ahora con un amigo voy a “El Mirador”. El restaurante y el bar están divididos por un pasillo, con entradas distintas, y en el segundo no sirven a las mujeres. El lugar está lleno. Hay camionetas, choferes, coches de lujo sobre la banqueta y guardaespaldas afuera. La separación es tan explícita que en la cantina sólo hay baño para hombres. Le pregunto al mesero si no dejan entrar mujeres, y me da la misma respuesta: “No. Por tradición”.
Pienso en las tradiciones de esta ciudad. Pienso en la tradición de no discriminación que tanto nos enorgullece en el DF y que se refleja en leyes. Pienso en esa tradición que alguna vez se atrevió a enfrentar a los cadeneros de los antros. Pienso que las tradiciones no cambian sólo con leyes. Cambian con crítica e invasión. Veo a mujeres cambiando tradiciones todos los días, retando las expresiones más ridículas de masculinidad. Las veo sentadas en esos bares enfrentando a los que las quieren excluir por ser mujeres. A los que sólo quieren que departan con ellos, en sábado -cuando están de asueto- y no entre semana cuando, entre hombres, no se quieren distraer de lo “verdaderamente importante”. De lo que los hace hombrecitos.
Fuente: http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/53877.html
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Está claro que hay de tradiciones a tradiciones... Aunque siendo sinceros, no sé en qué aspecto esto pueda ser una tradición. En fin, les dejo la nota para sus opiniones.
Saludos
Le pido a un amigo que me acompañe. Entramos al bar “Del Bosque” en la esquina de Circuito Interior y 13 de septiembre. Sólo hay hombres comiendo y bebiendo. Hay trajes, corbatas, blackberrys, y mancuernillas. Los meseros todos son hombres. Veo a los comensales sonreír, bolearse los zapatos, alardear con una mano en alto. Los imagino funcionarios públicos, abogados, publicistas, periodistas, políticos o empresarios.
Ésta no es una cantina en un pueblo pequeño en donde lo que llaman “tradición” se explique por su aislamiento. Esta “tradición” en el corazón del DF parece sobrevivir con cierta arrogancia frente al cambio. Le insisto al mesero si pueden entrar mujeres, y me dice que no, que ni ahí (excepto los sábados) ni en otro bar que está al extremo de la calle: “El Mirador”. Intento entender: ¿por qué hay hombres que quieren ir a un lugar público en el que esté prohibido que haya mujeres? ¿Quiénes creen que pueden ser ahí que no pueden ser cuando existe la posibilidad de que haya una mujer, incluso en otra mesa? ¿Qué idea de masculinidad tienen? ¿La de ser “hombrecito” de Santiago Creel o la de quien promueve a Alonso Lujambio diciendo que “el tamaño sí importa”?
Vuelvo el martes, quiero confirmar lo que me dijo el mesero en la víspera. Me acompaña una amiga. Entramos al bar. Sólo hay dos mesas ocupadas con cinco personas cada una. Nos ven con sorpresa pero con una cara que parece decir: “¿nadie les explicó a estos dos?”. Los meseros nos rodean y nos dicen: “la señorita tiene que salir”. Muy amables la invitan a pasar a un privado -contiguo a la cantina-, en donde “también puede jugar dominó”, o al restaurante que es parte del mismo negocio en donde con gusto la atenderán. Ella se resiste. Pregunta a los meseros por qué no le pueden servir en el salón principal de la cantina como a los demás. Sin dejar de sonreír, sin dar un paso atrás y con una mano que indica el pasillo para pasar al privado y al restaurante le insisten: “por tradición”. Pasamos al restaurante. Los meseros y el capitán nos ven con desconfianza.
La pregunta que me hace mi amiga resulta casi evidente:¿cómo reaccionaría la ciudad a un “lo sentimos, por tradición aquí no servimos a personas con X color de piel”? Al ofrecer servicio en un espacio contiguo, ¿están dándole la vuelta a la ley con el truco que durante décadas dividió al sur estadounidense “iguales, aunque separados”? ¿Por qué este lugar es impune al discriminar de manera tan explícita? Al salir alcanzamos a ver un diploma que otorgó al lugar el Secretario de Turismo del GDF, Alejandro Rojas, por la calidad de su servicio.
El miércoles, quiero conocer a la competencia de “Del Bosque”. Ahora con un amigo voy a “El Mirador”. El restaurante y el bar están divididos por un pasillo, con entradas distintas, y en el segundo no sirven a las mujeres. El lugar está lleno. Hay camionetas, choferes, coches de lujo sobre la banqueta y guardaespaldas afuera. La separación es tan explícita que en la cantina sólo hay baño para hombres. Le pregunto al mesero si no dejan entrar mujeres, y me da la misma respuesta: “No. Por tradición”.
Pienso en las tradiciones de esta ciudad. Pienso en la tradición de no discriminación que tanto nos enorgullece en el DF y que se refleja en leyes. Pienso en esa tradición que alguna vez se atrevió a enfrentar a los cadeneros de los antros. Pienso que las tradiciones no cambian sólo con leyes. Cambian con crítica e invasión. Veo a mujeres cambiando tradiciones todos los días, retando las expresiones más ridículas de masculinidad. Las veo sentadas en esos bares enfrentando a los que las quieren excluir por ser mujeres. A los que sólo quieren que departan con ellos, en sábado -cuando están de asueto- y no entre semana cuando, entre hombres, no se quieren distraer de lo “verdaderamente importante”. De lo que los hace hombrecitos.
Fuente: http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/53877.html
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Está claro que hay de tradiciones a tradiciones... Aunque siendo sinceros, no sé en qué aspecto esto pueda ser una tradición. En fin, les dejo la nota para sus opiniones.
Saludos