jarochilandio
Bovino de la familia
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Óscar Mario Beteta.
26/01/2018
La práctica política en México es cada vez más degradante, desagradable y deprimente. Sus actores y únicos beneficiarios, la han desnaturalizado en grado sumo. La esgrimen mirando únicamente a sus intereses. Lo hacen con el mayor cinismo. Lo único que los mueve es el poder y el dinero. El bien público es lo último que los ocupa.
En ese proceso de degeneración cívica, que va in crescendo, incontenible, la sociedad es sólo un instrumento de las ambiciones, en cualquier grado, de toda la clase política. Sin el menor pudor, se sirve de ella para alcanzar privilegios y ventajas. Se burla de ella en todas las formas. Y el drama es que no se avizora un verdadero cambio.
En ese enfermizo ambiente, hoy, a 155 días de ir a las urnas para votar a 3 mil 416 candidatos a puestos electivos de todos los niveles, priva el enojo, el desconcierto y la desesperanza sociales. La ciudadanía, hundida en el desaliento, parece estar atrapada y sin salida.
Y con razón. Pues han pasado muchos años desde que los gobernantes prometen todo a la población. Le ofrecieron bienestar en todas las formas y en determinadas circunstancias sociopolíticas, muchas cosas positivas se lograron. Pequeñas dosis de bienestar, permitieron estabilidad y paz, base de nuevos compromisos que, con los días, empero, se fueron cumpliendo menos.
La espera y la paciencia, con un solo partido en el poder, se prolongó por 70 años. Se sembró entonces la ilusión del anhelado cambio. Se dio paso a la alternancia. Pero el mundo y México estaban ya instalados en el neoliberalismo y los propósitos de gobierno en favor de la colectividad se fueron abatiendo. Los gobernantes se fueron alejando más y más de sus gobernados. Y aquí estamos.
Con la desventaja de que todos los partidos y los políticos, en distinta medida, abrazaron un modelo económico de desarrollo que no permite privilegiar la atención de las necesidades de la gente, se volvieron élite. Se agruparon. Mantienen y fortalecen un proyecto limitado, exclusivo y excluyente. Se hicieron empresarios de la política. Buscan la ganancia a toda costa. Y los cargos públicos la ofrecen sin mucho esfuerzo. Menos aún, si actúan equipados con esa gruesa cachaza de insensibilidad, falta de ética, de principios y de consideración hacia los demás que, como nunca, llevan orgullosos como impronta.
En esa lógica, han convertido la función pública en un lucrativo negocio privado. Para eso han imaginado todos los mecanismos y las vías posibles. Lo último que están practicando por aquí y por allá, es el llamado chapulinismo, esa traslación, ese salto de un partido a otro, que practican sin el menor escrúpulo.
El trapecismo, sinónimo de chapulinismo, ilustra muy bien los malabares que hacen y/o están dispuesto a hacer hoy día tantos y tantos comediantes, alejados de las raíces, sentido y objetivo de la verdadera política. Siendo buena en esencia, con sus perversiones la han llevado al aborrecimiento social. Ellos, que la tergiversan, deberían ser mejor identificados como lo negativo de la cosa pública, no un instrumento del que el hombre se ha servido siempre para construir una mejor convivencia.
Por lo que muchos están haciendo, y algunos en particular como auténticos saltimbanquis y cuyos nombres ni siquiera vale la pena mencionar, lo ideal es que quienes deben hacerlo, tomen nota de las amenazas que acechan a la democracia, a la sociedad, y al Estado mexicano, a los que no se puede seguir intoxicando tan desvergonzada como impunemente.
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