jarochilandio
Bovino de la familia
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Michael Wolff
24/02/2018
Gracias a Grupo Planeta, publicamos las primeras páginas del libro de Michael Wolff, donde expone la tensión de los días previos a la elección presidencial de EU.
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Donald Trump, figura central de 'Fuego y Furia'. (Reuters)
La tarde del 8 de noviembre de 2016, Kellyanne Conway —directora de la campaña de Donald Trump y una personalidad fundamental, de hecho, estelar, de Trumplandia— se instaló en su oficina de cristal en la Torre Trump. Hasta las últimas semanas de la carrera por la presidencia el cuartel de campaña de Trump había sido un lugar desangelado. Todo lo que parecía distinguirlo de una oficina corporativa eran unos cuantos carteles con lemas de derecha.
Conway se encontraba extraordinariamente animada, considerando que estaba a punto de experimentar una estrepitosa, si no es que cataclísmica derrota. Donald Trump perdería la elección —de eso estaba segura—, pero posiblemente podría mantener la derrota por debajo de los seis puntos. Eso era una victoria sustancial. En cuanto a la inminente derrota, no le hizo caso: era culpa de Reince Priebus, no suya.
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Había pasado buena parte del día llamando por teléfono a amigos y aliados en el mundo político y culpando a Priebus. Ahora daba informes a algunos de los productores y comentaristas de televisión con los que había forjado relaciones sólidas, y con quienes, al haber estado entrevistándose de forma activa en las últimas semanas, esperaba obtener un trabajo permanente en el aire después de la elección. Había estado cortejando cuidadosamente a muchos de ellos desde que se unió a la campaña de Trump a mediados de agosto y se convirtió en la voz combativa confiable de la campaña, con sus sonrisas espasmódicas y una extraña combinación de vulnerabilidad y un rostro imperturbable peculiarmente telegénico.
Más allá de todas las horribles meteduras de pata de la campaña, el verdadero problema, dijo, era un demonio que no podían controlar: el Comité Nacional Republicano, que estaba dirigido por Priebus; su compinche, Katie Walsh, de 32 años de edad, y su artillería antiaérea, Sean Spicer. En lugar de involucrarse de lleno, el CNR, que era, en última instancia, el instrumento de la élite republicana dominante, había estado cubriendo sus apuestas desde que Trump ganó la nominación a principios del verano. Cuando Trump necesitó el empujón, simplemente no lo encontró.
Ese fue la primera parte del giro de Conway. La otra fue que, a pesar de todo, la campaña realmente había regresado del abismo. Un equipo que tenía graves carencias o, hablando de manera literal, el peor candidato en la historia política moderna —cada vez que se mencionaba el nombre de Trump, Conway hacía la pantomima de poner los ojos en blanco o mirar al vacío— lo había hecho extraordinariamente bien. Conway, quien nunca había participado en una campaña a nivel nacional, y quien, antes de Trump, dirigía una empresa encuestadora de poca monta, comprendía cabalmente que después de la campaña sería una de las principales voces conservadoras en los programas de noticias por cable.
De hecho, John McLaughlin, uno de los encuestadores de la campaña de Trump, había comenzado a insinuar más o menos durante la semana anterior, que algunas cifras estatales clave, hasta entonces desalentadoras, podrían, en la realidad, estar cambiando en beneficio de Trump. Sin embargo, ni Conway ni Trump mismo, ni tampoco su yerno Jared Kushner —el verdadero director de la campaña, o su monitor, designado por la familia— dudaban de lo que consideraban cierto: su inesperada aventura pronto terminaría.
Solo Steve Bannon, desde su perspectiva de hombre raro, insistía en que las cifras se inclinarían a su favor. Sin embargo, como se trataba de la opinión de Bannon —del loco de Bannon— era lo opuesto a una opinión alentadora.
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Casi todo el mundo en la campaña —que seguía siendo un equipo extremadamente pequeño— consideraba que formaban un equipo perspicaz, tan realistas en lo referente a sus posibilidades, como, quizá, cualquiera en política. El consenso tácito entre ellos era que no solo Donald Trump no sería presidente, sino que, probablemente, no debería serlo. Convenientemente, la primera convicción significaba que nadie tendría que lidiar con lo segundo.
Cuando la campaña terminó, Trump mismo estaba optimista. Había sobrevivido a la divulgación del video de Billy Bush y al alboroto que siguió, cuando el CNR tuvo el descaro de presionarlo para que abandonara la carrera. El director del FBI, James Comey, que dejó en el abandono de manera insólita a Hillary al decir 11 días antes de la elección que estaba reabriendo la investigación sobre sus correos electrónicos, había ayudado a evitar una victoria aplastante por parte de Clinton.
—Puedo ser el hombre más famoso del mundo —dijo Trump a su asesor intermitente, Sam Nunberg, al inicio de la campaña.
—Pero ¿quiere ser presidente? —preguntó Nunberg (una pregunta cualitativamente diferente a la habitual prueba existencial para un candidato: "¿Por qué quiere ser presidente?"). No obtuvo respuesta.
El asunto era que no había necesidad de que hubiera una respuesta porque él no iba a ser presidente.
Al amigo de toda la vida de Trump, Roger Ailes, le gustaba decir que si querías tener una carrera en la televisión, primero debías postularte para presidente. Ahora, Trump, alentado por Ailes, estaba esparciendo rumores acerca de una cadena de televisión que sería propiedad de Trump. Era un futuro brillante.
Saldría de su campaña —Trump aseguró a Ailes— con una marca mucho más poderosa y con oportunidades incalculables.
—Esto es más grande de lo que jamás había soñado —dijo a Ailes en una conversación una semana antes de la elección—. No pienso en perder porque no estamos perdiendo. Hemos tenido una victoria absoluta. —Es más, ya estaba preparando su respuesta pública ante el hecho de perder la elección: ¡Me la robaron!
Donald Trump y su pequeña banda de guerreros de campaña estaban listos para perder con fuego y furia. No estaban listos para ganar.
***
[CONTINUA EN LA SIGUIENTE ENTRADA]