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Arreglando la casa, parte 3

eros68

Becerro
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17 Sep 2026
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Capítulo 3 – El presupuesto

Más tarde esa misma mañana, después de que él hubiera dado una primera vuelta rápida por la casa, decidimos recorrerla con más calma. Yo me había cambiado de ropa sin pensar demasiado: una blusa blanca de algodón ligero, ligeramente escotada, que se ajustaba a mi pecho y dejaba ver la curva suave de mi escote cada vez que me movía. La combiné con una falda mini de lino beige que se ceñía a mis caderas y terminaba justo por encima de las rodillas, dejando al descubierto parte de mis piernas. No era nada provocativo… o eso creí. Pero al caminar delante de él, sentí su mirada rozarme la espalda y las piernas de una forma que no era solo profesional. El calor de la mañana ya empezaba a pegarse a mi piel, y la tela ligera se adhería sutilmente a mi cuerpo con cada paso.

Él me seguía en silencio, cuaderno en mano, midiendo con una cinta métrica, palpando las paredes con la palma abierta para sentir la humedad. Se detenía en cada grieta, en cada mancha del techo, y yo lo observaba de reojo. Sus brazos se tensaban bajo la camiseta cuando levantaba el brazo para tocar algo alto, y el olor a jabón y a trabajo limpio que traía consigo llenaba el espacio entre nosotros.

Cuando terminamos el recorrido, se detuvo en la sala principal y anotó algo más en su cuaderno. Luego levantó la vista y me miró directamente, con esa mezcla de respeto y seguridad que ya empezaba a resultarme familiar.

—Serían quince mil pesos por toda la mano de obra, señora —dijo con voz clara—. El material lo pago yo y luego le entrego las facturas para que me reembolse. Así queda más justo para los dos.

Me crucé de brazos, evaluándolo. Quince mil. Era menos de lo que esperaba, pero no quería parecer ansiosa. Di un par de pasos hacia él, consciente de cómo la falda se movía contra mis muslos y de cómo la blusa se tensaba ligeramente sobre mi pecho con la respiración.

—¿Quince mil? —repetí, alzando una ceja—. Suena razonable… pero el material lo pago yo primero. Y el dinero de la mano de obra, solo cuando todo esté terminado y me guste el resultado.

Él bajó la mirada un segundo, como si estuviera calculando algo más que solo números. Vi cómo sus ojos recorrieron rápidamente mi figura —el escote, la curva de mis caderas— antes de volver a mi rostro. No fue descarado, pero tampoco lo ocultó del todo.

—De acuerdo —aceptó, con un leve asentimiento—. Usted me da lo del material ahora y el resto al final. Yo me encargo de comprar todo y traérselo con las facturas.

Saqué mi cartera del bolso que había dejado sobre la mesa. Conté los billetes con calma, uno a uno, sintiendo su mirada sobre mí. El dinero pesaba en mi mano, pero también me daba una extraña sensación de poder. Le entregué el fajo sin titubear.

—Aquí tienes para empezar. Haz la lista de lo que necesites y me la pasas. Quiero ver las facturas de todo.

Él tomó el dinero con cuidado, como si le quemara un poco en los dedos. Sus yemas rozaron las mías un instante más de lo necesario. Fue un toque breve, casi accidental, pero suficiente para que un pequeño cosquilleo me subiera por el brazo.

—No se preocupe, señora —dijo, con una sonrisa suave que por primera vez mostraba algo más que solo profesionalismo—. Va a quedar todo como nuevo. Mejor que nuevo.

Sonreí apenas, satisfecha con el trato. Para mí, en ese momento, no era más que un acuerdo justo entre una mujer que necesitaba arreglar su casa y un joven que necesitaba el trabajo.

Todavía no podía imaginar que ese “trato” pronto se desdibujaría en algo mucho más complicado… y mucho más peligroso para mi corazón.

Capítulo 4 – La propuesta

Al día siguiente, poco después de las ocho de la mañana, escuché el sonido de una camioneta vieja estacionándose frente a la casa. El trabajo había comenzado.

Me encerré en mi habitación para revisar unas cuentas del negocio. Quería mantenerme ocupada, concentrada solo en números y facturas, lejos del ruido de las herramientas y de esa presencia que ahora llenaba la casa. Durante un par de horas todo transcurrió en silencio, salvo por los golpes ocasionales y el sonido de la espátula contra la pared.

Al mediodía, cuando el sol ya calentaba fuerte, estaba sentada en la cama revisando papeles cuando escuché su voz desde el pasillo, baja pero clara:

—Señora… ¿quiere un descuento?

Me quedé inmóvil, con el bolígrafo detenido sobre la hoja. Creí que se refería al precio del material.

No contesté.

Entonces, con un tono más bajo, casi como si se hubiera armado de valor, añadió:

—Quinientos pesos… por sexo.

Sentí que la sangre me subía al rostro de golpe. Una ola de rabia y vergüenza me atravesó el pecho. ¿Quinientos? ¿Me estaba ofreciendo quinientos pesos como si yo fuera algo barato, algo que se podía comprar por una miseria? Yo, que había pasado años luchando por respeto, por ser vista como una mujer de negocios, como alguien que valía más que eso.

—¡¿Qué dijiste?! —grité desde adentro, la voz temblando de furia.

Me levanté de la cama y abrí la puerta de golpe. Allí estaba él, con la mirada baja, como un niño que sabe que se pasó de la raya, pero sin arrepentirse del todo.

—¡Respétame! —le espeté, mirándolo directo a los ojos—. No soy de esas, ¿me oíste? ¿Cómo te atreves?

Él tragó saliva, pero no retrocedió. Con voz más calmada, casi calculada, insistió:

—Dos mil por sesión. Dos sesiones. Así usted paga cuatro mil menos de la mano de obra. Le conviene.

Me quedé helada. Cuatro mil menos. Mi mente de negociante se encendió de inmediato, aunque mi orgullo seguía ardiendo. Dos mil por cada vez… dos veces… cuatro mil de descuento sobre los quince mil que habíamos acordado. Era un trato. Un negocio frío y práctico. Nada de sentimientos. Solo ahorro.

Lo miré con frialdad, cruzándome de brazos. Sentía el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas.

—Tres mil —dije firme—. Y una sola vez.

Él levantó la vista, sorprendido. Claramente no esperaba que yo contraatacara, mucho menos que regateara.

Por un segundo me sentí poderosa. Había pasado de la humillación a tomar el control. Pero entonces lo pensé mejor. Dos sesiones significaban seis mil de descuento total. Dos veces tres mil… y la casa me saldría más barata. Ahorraba más. Y, sobre todo, mantenía el mando.

Suspiré, mirándolo a los ojos sin parpadear.

—O mejor… dos sesiones a tres mil cada una —propuse, la voz más baja pero decidida—. Seis mil de descuento total. ¿Aceptas?

Él me sostuvo la mirada un instante largo. Vi cómo algo cambiaba en sus ojos: sorpresa y una chispa que intentó ocultar. Finalmente, asintió con una sonrisa lenta y casi tímida.

—Acepto.

El silencio que siguió fue denso, cargado. Yo acababa de cerrar un trato que nunca imaginé que negociaría en mi vida. Sentía una mezcla extraña en el estómago: rabia que se iba disolviendo y esa sensación de control que tanto necesitaba después de todo lo que había perdido con mi esposo.

Él dio un paso atrás, como si supiera que no debía presionar más por ahora.

—Entonces… sigo trabajando —murmuró.

Asentí, cerrando la puerta con suavidad. Me recosté contra la madera, el corazón todavía acelerado.

Acababa de vender dos noches de mi cuerpo por seis mil pesos de descuento. Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentía dueña de la situación.

Se pondrá interesante. Lo iré poniendo poco a poco, para no llenarlos de tanta información, o denme una propuesta.
 
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